LAS MANOS QUE TEJEN MI VIDA
La palma de mis manos está rasgada por diversas línias que se cruzan entre ellas. Bajo la forma de un garabato infantil veo caras en el fondo del calor táctil. Froto una contra la otra y nacen espigas doradas, el principio de una nueva era con destellos estrellados en el inmenso firmamento. Las pestañas voletean por la habitación y la polilla de los rincones no reparan en distinción. Me levanto de la silla, dejo por un momento el trabajo que estaba haciendo y con la escoba y la pala de la casa le paso cuidadosamente un barrido hacia el exterior del pasillo. Quito el polvo, acabo de ordenar mi cálido templo y frego mañosamente hasta la salida de la casa. No es que esto lo haga yo particularmente, mis compañeros hacen lo mismo. Cuando veo haberse secado el suelo, vuelvo a mi tarea tranquilizadora: respiro lentamente, desciendo hacia donde el silencio se percibe amoroso, se cruzan por mi mente luces, colores, mensajes y a veces sólo un ténue susurro. Ahora ya puedo pintar con el color del arcoiris. El agua purificadora y la masilla del óleo me serán suficientes para recomponer extractos de vidas que se cruzan en este mar que ondea la costa dorada de mi ser sacro.
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